Su mecanismo se ríe de ti, de todos nosotros. Hay que terminar con ellos, nos están contaminando con sus minutos, nos adormecen con sus cuartos, las horas nos ahogan. Créeme, tú eres pequeño y sabes menos de la vida, yo ya he pasado por muchas dictaduras de esferas y manillas que ahora estarán oxidadas.
¡Relojes, harpías del tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo!

domingo, 10 de abril de 2016

RESEÑA DE "RELOJES MUERTOS" EN "DE LIBROS Y LECTURAS"

RELOJES MUERTOS de Eva María Medina viene a demostrar que en una novela corta se puede llegar a conseguir mucho  más que en una de tropecientas páginas.

Relojes muertos es el título de un famoso cuadro de Salvador Dalí. El protagonista de la novela es Gonzalo y está loco. Y eso, la locura es el tema de esta novela. Un tema difícil que Eva ha resuelto poniéndose en el lugar de Gonzalo mediante la primera persona en la narración.

Gonzalo acaba de salir del hospital e intentará retomar su vida normal. El problema es saber qué es real y qué es inventado, qué es un sueño. 

La novela tiene dos partes bastante claras. En la primera de ella, Eva nos cuenta el proceso de la enfermedad de Gonzalo durante su estancia en el hospital. Su salida y su intento, más o menos acertado de vivir en el mundo real. Su intento por rehacer su vida con Ángela, a la que conoce en el hospital por medio de un amigo. 

En la segunda parte Gonzalo vive más en un mundo onírico, confundiendo ambos mundos. El camino de la locura se hace más notorio, igual que su declive hacia el deterioro. El tiempo parece detenerse a lo largo de la narración, como si estuviera muerto. El mundo agobiante de Gonzalo, su confusión, su obsesión por Sara, de quien no sabemos nada , su búsqueda constante del tiempo pasado. Los personajes son complejos y muy humanos, todos ellos con su tragedia personal a cuestas intentando sobrevivir en un mundo que no acaban de comprender.

La narración es ágil, sin artificios, con frases cortas que proporciona mucha velocidad a la lectura y te hace entrar de lleno en la mente irreal de Gonzalo. Eso no quiere decir que la narración sea dura y extrema. Hay fragmentos líricos y descripciones hermosas. 

Para ser su primera novela, Eva María Medina demuestra que sabe perfectamente cómo manejarse en la literatura.



sábado, 13 de febrero de 2016

RESEÑA DE "RELOJES MUERTOS" EN "PUNTO DE PARTIDA DE LIBROS E HISTORIAS"



Relojes muertos es otro de esos libros de los que me va a costar recuperarme.
Ha sido toda una experiencia la lectura de esta novela. Se trata de un thriller psicológico, donde el escritor, en este caso escritora, te mete de lleno dentro de la mente de una persona que cada vez se encuentra más lejos de la realidad.
Lo que más me ha sorprendido es la manera de narrar de Eva María Medina, con una escritura muy cuidada y llena de detalles. Esa escritura que te envuelve y te mete de lleno en el personaje. Pasas a ser tú el protagonista, eres el que sientes esas alteraciones que hace la mente. Sentimos todas sus angustias, ese no saber si lo que está viviendo es realidad o ficción. Muy inquietante.
Si os gusta este tipo de literatura os la recomiendo sin duda.

                                      Cristina Durán Lázaro




Más información en el siguiente enlace:http://comparteeditorial.com/relojes-muertos-eva-maria-medina/


domingo, 10 de enero de 2016

CRÍTICA DE "RELOJES MUERTOS" POR PEDRO SOLER




Presentar un libro prologado es un problema. El prologuista ha desmenuzado antes que tú su contenido y has de buscar otro enfoque. 
Antes de comenzar un libro, no sé por qué, me pongo a la defensiva. Seguramente es el miedo a que me decepcione. Indistintamente de que sea un autor consagrado o no. 
 Es lo que me ha pasado con la novela de Eva María Medina, a la que hasta hoy no conocía. Tampoco su novela, a la que Mario Sanz, este promotor de “destellos” literarios y de otra índole de Carboneras, me pidió que presentara. 
 He de decir que, a pesar de todas las prevenciones, Relojes muertos, la novela de Eva María Medina me sorprendió desde sus primeras páginas. Diré por qué. 
Es una novela difícil de construir, aunque yo más bien diría que es un relato. Esto es una apreciación mía que, por supuesto, en nada desmerece a la obra. 
Escribir sobre las distintas facetas de un esquizofrénico, desentrañar los pormenores de tan misteriosa enfermedad y aplicarla en un personaje concreto —el protagonista de la novela— no es tarea fácil. Sin pretenderlo existe una inclinación a caer en la caricatura o el exceso de relato. Pero en el caso de Relojes muertos no ha sido así. Eva María, antes de acometer su novela, ha debido de tener una labor de investigación y análisis ardua y compleja, sobre todo, un análisis concienzudo de lo que es y causa a quien la padece “la esquizofrenia”. 
No caer en el recurso fácil y adentrarse en el trastorno bipolar, de las ensoñaciones y de los engañosos enfoques de personalidad de todo esquizofrénico y, al mismo tiempo, llamar la atención y provocar la inquietud del lector, es muy difícil. 
Es un tema que ha de estar muy bien construido y definido para que se sostenga, y el lector entre en el personaje poco a poco, sin que se aperciba de ello. 
Pero una novela no es solo eso: hay una técnica al servicio de una “forma” sometidas ambas a un motivo o causa. La primera ha de ser sencilla, fácil. La difícil sencillez, a la que se refería Machado. Es un camino que ha de recorrer el lector con facilidad y sin tropiezos. La segunda (Causa) ha de ser creíble, clara y diáfana para que el lector perciba a los personajes y lo que transmiten. Captar aquellos aspectos que, sin estar escritos, se traslucen en cómo se comportan y en lo que dicen. Este aspecto depende siempre de la habilidad de quien escribe y deja ese camino al libre albedrío del lector.
Todo esto está muy bien resuelto con la técnica que emplea Eva María; un estilo expresivo y austero. Una prosa alejada de adornos innecesarios, de veleidades inútiles. De forma sencilla, directa y expresiva, describe aquello que quiere decir. 
No quiero entrar en la descripción de aspectos de la novela de Eva María. Es preferible que, quien la lea, se sorprenda con la nitidez y fuerza de los personajes. Si quisiera explicar más gráficamente algunas cosas que ya he comentado.
Sin dar ninguna pista sobre el personaje central, en la primera página la autora deja ver su estado emocional y el controvertido lenguaje que entabla con los espejos a través de toda la novela. El espejo, ese enigmático cristal, del que se han servido tantos literatos para tratar de explicar el misterio de la imagen reflejada y el reconocimiento en esa imagen de quien se refleja. 

En el baño me fijé en mis ojos. El negro de pupilas ensanchándose. Surgieron más: grandes, pequeños, miopes, alargados. Estos ojos me observaban. ¿Dónde está la verdad?, ¿soy yo verdad? Intenté no pensar en ello, pero esas figuras parecían escrutarme. ¿Vemos realmente la imagen de lo que somos? Espejos cóncavos, convexos. Engaños de la mente, espejos que distorsionan las formas. Esos ojos saben la verdad. Y están todos. Director, compañeros, vecinos, portera. Me están esperando. Y lo saben todo. ¿Enfrentar esos ojos a los míos? ¿Volver a trabajar sabiendo que ellos saben, que disimulan que yo sé que saben? (pág. 15)

Uno de los objetos con que juega Eva María, para fijar la desigual personalidad del protagonista es el “reloj”, el aparato que mide el enigmático tiempo, que tanto juego ha dado en la literatura y que J.L. Borges en su libro La eternidad, después de hablar de toda la filosofía que se empleó en ello, lo supedita a un paseo al atardecer por los arrabales de Buenos Aires. 

Al levantar la vista, vi algo en el edificio de enfrente. Me acerqué a la ventana. El viejo que hablaba dirigiéndose a un reloj de pared. Recordé que había imaginado que era viudo y que ese reloj antiguo sería un recuerdo de su mujer, como si ese objeto fuera la imagen personificada de ella. Me pregunté si hablaría todas las noches dirigiéndose a él. Quizá queden conversaciones pendientes, o le eche cosas en cara. Puede que le cuente lo que hace cada día, cómo va el país, algún cambio en el barrio, la ampliación del metro, la muerte de algún conocido. Si tienen hijos, le comentará cómo les va en el trabajo, con sus mujeres, cómo van creciendo los nietos. Con estas ideas en mi cabeza, cogí un plato y rompí la cáscara del primer huevo. (pág. 27)

Uno de los aspectos que he destacado al comienzo es la redacción, resuelta con oraciones cortas, resueltas y firmes, que dan al relato vitalidad y fuerza. 

Mis pasos no eran firmes. Había dormido mal. En cualquier momento podía perder el equilibrio y caer encima del hombre del sombrero de fieltro verde que bajaba por la escalera mecánica. Miré el reloj. Seis y media. 
Un tren llegaba. Demasiado lleno. Esperaría al próximo. El movimiento de la masa me introdujo en el vagón. Las puertas se cerraron. Quedé al fondo, agarrado a una barra metálica. Esa presión de cuerpos, tan pegados, de caras frente a nucas, me hizo bajar los ojos. Unos zapatos negros llamaron mi atención. Cómo habría podido conseguir, el hombre que los llevara, que estuviesen tan brillantes. Esperé unas cuantas estaciones para mirar los míos; no me acordaba de cuáles me había puesto. Cuando el espacio se desahogó, pude ver mis zapatos marrones, de piel, algo desgastada. Ir con estos zapatos. Me imaginé las caras de Manuel y Olivia, las sonrisas, y el director, qué pensaría el director. (pág. 31) 

A pesar de la dureza del tema, la novela está llena de episodios de un poder narrativo extraordinario y de una belleza no menos extraordinaria.

Anduve un rato hasta sentarme frente al mimo; a unos veinte pasos, en el bordillo de piedra del estanque, apoyando la espalda en las rejas de hierro. Era un ritual. Siempre que iba allí me quedaba un tiempo observándolo. Ahora estaba detrás de un árbol, se quitaba la camiseta y se ponía otra de rayas blancas y azules. Después, enganchó un trozo de espejo a unas ramas. Empezó a extenderse el maquillaje blanco. Lo hacía despacio, una capa fina desde la frente hasta el cuello. Se perfiló los ojos con un lápiz negro al estilo egipcio. Sonreí. Continuó pintándose los labios de un rojo sangre, que usó como colorete: desde la unión de la mandíbula hasta la barbilla. Me vinieron a la mente las brujas de Macbeth. 
Después de un buen rato, me levanté, metí las manos en los bolsillos y saqué tres monedas de dos euros que dejé en la caja de plástico. Al verlo, el mimo alzó las cejas y me saludó. 
Caminé deprisa. En mi retina quedaban fragmentos de lo visto, sin que guardasen relación con lo que acababa de ver; como si cogiera el todo y fuese desgranando las partes. Ahora me llegaban esos retazos. El gris del estanque, el ruido de patines en la arena, el olor a hierba recién cortada, la piel morena de una mujer. Me paré. Busqué esa piel en las caras de la gente. Andaba muy despacio. Abría el campo de visión como si tuviese una cámara, subiendo y bajando el objetivo; acercándolo, alejándolo, acercándolo, alejándolo. Tropecé con un hombre y, al subir la vista para disculparme, vi aquella tez. La mujer, bonita e indiferente. Debajo de una camiseta de tiras roja destacaba un pecho para mí perfecto, ni muy grande ni muy pequeño. Encima de la mesa un cartón: Lectura de tarot. (pág. 36)

A la par de páginas bellas y de gran lirismo, hay descripciones poderosas, de una firmeza narrativa fuera de lo común. Sobre todo en las escenas de sexo. Explícitas porque así lo requiere el estilo y el ambiente del relato. 

Me bajó la cremallera del pantalón. Me acariciaba el pene con la palma de la mano, de abajo arriba, presionando levemente. Mis dedos, gusanos hambrientos en sus piernas. Le subí la falda, le quité las bragas y la penetré. Ella gemía, cada vez más fuerte. Yo jadeaba con timidez, mientras captaba ese río de olores que ella iba exhalando. La acidez de la excitación, su sabor, que abría poros, alterando la vista, agudizaba los oídos. El corazón, su ritmo. Ángela. Las vértebras de su columna se arqueaban siguiendo al placer. Gemidos, temblores dulces, torcer de bocas. Bocas que quedaron secas, abiertas, en espera de algo todavía por llegar. (pág. 48)

El sueño del niño y el reloj. El tratamiento de este como un tirano, como el tiempo que siempre impone sus leyes, nos hace pensar que, a veces, la mente acomete empresas e invade terrenos que “la cordura” nos evita. 

Íbamos con palos a terminar con el ruido traidor. Vimos a un niño escondido detrás de los contenedores de basura, con un reloj pequeño en su mano.
−Dame el reloj −le dije. 
−Es mío, yo lo encontré.
−Su mecanismo se ríe de ti, de todos nosotros. Hay que terminar con ellos, nos están contaminando con sus minutos, nos adormecen con sus cuartos, las horas nos ahogan. Créeme, tú eres pequeño y sabes menos de la vida, yo ya he pasado por muchas dictaduras de esferas y manillas que ahora estarán oxidadas. 
−¡Libertad, libertad! −gritaron los aliados−. ¡Abajo los relojes, muerte a los relojes, muerte al tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo!
Mis manos se acercaron al niño, hacia sus manos, luego subieron al cuello. El niño gritaba. Rodeé su cuello con suavidad. Gritos más profundos. Las manos se desligaron de la mente, y ya no sabía si presionaba o no. La voz débil de su garganta infantil me contestó. No la escuché, seguí, seguí, hasta oír un cuerpo contra el suelo. Cogí el reloj, lo tiré, lo pisé, oyendo mi grito: 
¡Relojes, harpías del tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo!  (pág. 65)

No quisiera terminar, sin hacer mención a dos personajes que, apenas sin estar en la novela, son de vital importancia para ella. Me refiero a Ángela, la mujer que está enamorada de él, a pesar de los inconvenientes de su enfermedad, y que ve, como paulatinamente se va deteriorando el sentimiento del amor. O, por lo menos, que los efectos de la esquizofrenia, acaban anulando ese sentimiento. 
Y Sara, esa mujer que no acabamos de saber si es imaginaria o real, que visita los recuerdos del protagonista con frecuencia y le une a su pasado. Un tiempo que intenta revivir una y otra vez inútilmente. 
                                      
                                                                                
                                                                                     Pedro Soler

                                                                                                                              

(PRESENTACIÓN DEL LIBRO RELOJES MUERTOS DE EVA MARÍA MEDINA POR PEDRO SOLER, EL 25 DE JULIO DE 2015, EN LAS II JORNADAS LITERARIAS DE CARBONERAS)


Puedes comprar el libro en:http://www.amazon.es/Relojes-Muertos-Playa-ákaba-narrativa/dp/8416216258/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1452519467&sr=1-1&keywords=relojes+muertos

miércoles, 2 de diciembre de 2015

RESEÑA DE "RELOJES MUERTOS" POR JAVIER VELASCO OLIAGA

“Relojes muertos” de Eva María Medina

Inauguramos el año 2015 con una novela que aparece en el albor del año. Que aparece como lo hace el sol en una playa paradisiaca que bien podría ser la de Ákaba, de la que toma el nombre la editorial en que se publica “Relojes muertos”, la primera novela de la escritora madrileña Eva María Medina. Una obra alejada de los cauces comerciales que tan bien controlan los editores Noemí Trujillo y Lorenzo Silva, en un proyecto con el que quieren dar a conocer a escritores con talento.

Pese a ser la primera novela de Eva María Medina, esta filóloga no es una recién llegada a la publicación de obras. Ya tiene un libro de relatos de su autoría y un par de ellos en colaboración, además de haber publicado en diversas antologías y en revistas. El cuento es un estilo que controla a la perfección la autora que con Relojes muertos trasciende a la novela, algunos podrían definirla como corta. Pero una novela es la obra que, tenga la extensión que tenga, siempre cuenta lo que ha querido contar el autor. Y esta novela tiene la dimensión justa.

Relojes muertos, que toma el nombre de un cuadro de Salvador Dalí, aborda el tema de la locura, una cuestión espinosa en la literatura, donde se han compuesto obras maestras pero no en exceso. La locura siempre es un tema difícil de abordar y polémico que puede herir ciertas sensibilidades y que nos hace enfrentarnos de una manera distinta al mundo de vivimos y conocemos porque el “loco” tiene una percepción distinta a lo que vemos y vivimos. Gonzalo, el protagonista de la novela, cruza la frontera de la locura por medio de los sentimientos, pero también de forma onírica, dando una dimensión diferente al relato.

Quizá todos estemos un poco locos o tengamos rasgos con los que cruzamos los dos mundos, de los infinitos que pueda haber. Muchas veces nos sorprendemos al leer noticias o verlas en televisión sobre personas que han matado a familiares o vecinos por el ruido causado por una televisión o por un equipo de música. Eva María Medina pone algunos ejemplos en Relojes muertos. Un ruido puede ser agobiante cuando rompe la intimidad de un hogar, de una casa, de un refugio. Ese ruido puede hacernos sentir que nos violan nuestro espacio vital, y ese ruido se puede incrustar en nuestra cabeza llegando a volvernos locos. Como locos nos pueden volver el tic-tac de un reloj oído hasta el infinito. El protagonista huye de esos ruidos, pero también de esos otros que tiene incrustados en su mente.

Eva María Medina escribe en primera persona y usurpa la personalidad de Gonzalo Márquez para escribir desde una perspectiva masculina, con el riesgo y dificultad que supone ponerse en la perspectiva del género contrario. Una dificultad añadida que la autora resuelve, no sólo con solvencia, sino con atrevimiento y originalidad, dando a la narración una pátina de complementariedad y visión aún más global de lo que normalmente se da.

Relojes muertos tiene dos partes claramente diferenciadas que más o menos coincide con la mitad del libro. En la primera, nos encontramos una novela muy descriptiva y actual donde nos cuenta el proceso de la enfermedad en el hospital después del ingreso del protagonista y cómo se desenvuelve en ese mundo hasta que le dan el alta y consigue rehacer su vida con Ángela, a la que conoce por mediación de un amigo en esas habitaciones de hospital que nos va mostrando con pulso firme y enriquecedor. Un mundo agobiante y cerrado.

En la segunda parte, el mundo físico y cotidiano, deja paso a otro onírico donde las percepciones subjetivas del narrador se van abriendo paso en la narración. Aquí la narración toma una dimensión diferente y la realidad se va conformando como un todo único donde no sabemos dónde empieza una y dónde acaba la otra. Si la primera parte también tenía un componente agobiante, en esta ya se lleva hasta sus últimas consecuencias.

Lo agobiante deja paso a la destrucción sistemática del protagonista. Estamos ante una novela donde el deterioro mental del protagonista se hace patente. Gonzalo se va deteriorando, como se va deteriorando su relación con Ángela, con sus compañeros de trabajo, con su mundo. Un deterioro progresivo que llega a una destrucción total de un mundo subjetivo.

Eva María Medina ha escrito una novela donde la literatura es su leit motiv. Se recrea en la fuerza de la escritura llevándonos a un mundo onírico y destructor. Precisa y concisa nos muestra un mundo interior que no nos gusta hurgar ni enfrentarnos a él. Ella lo hace dándonos un relato que cada vez es más duro pero también más literario.


Puedes comprar el libro en:

miércoles, 25 de noviembre de 2015

PRÓLOGO DE "RELOJES MUERTOS" POR JUAN MANUEL DE PRADA

Prólogo

por Juan Manuel de Prada

Tuve la inmensa suerte de conocer a Eva Medina en un curso de literatura, en Santander, en el que oficié de profesor; ella fue la alumna más inquisitiva y perspicaz, la más clarividente y azuzadora de la curiosidad. Enseguida me di cuenta de que tenía una vocación de caballo; impresión que confirmé cuando tuve entre mis manos esta novela,  Relojes Muertos. Antes de zambullirme en su lectura, sin embargo, no podía imaginarme que me hallaba ante una obra excelente que me iba a permitir adentrarme en los tortuosos caminos de la locura, en los vericuetos de las vidas atroces de unos personajes marcados por la tragedia y empeñados en liberarse de sus tribulaciones personales, aunque, como ya nos dijo Cioran, cuando el hombre no puede liberarse de sí mismo se deleita devorándose.
La autora no ha necesitado de una obra voluminosa de páginas y de erudiciones para tejer una urdimbre compleja en torno a unos personajes que desde el principio se nos antojan tan cercanos como nosotros mismos, logrando una especial amalgama entre la realidad y la locura y arrastrándonos inevitablemente en el torbellino de la existencia del protagonista, marcada por la esquizofrenia, pero también por el anhelo de buscar un motivo que justifique y dé sentido a su azarosa y atormentada vida.
El protagonista de Relojes Muertos aborda con inquietud, pero también con ilusión, su vuelta al mundo real, pero quizá el único mundo real en el que él puede desenvolverse es aquel que ha dejado atrás, el mundo del hospital en el que ha estado internado. Afuera, en el mundo de los mal llamados seres cuerdos, nada va a ser real para él porque el protagonista no puede interpretar correctamente esa realidad que el mundo le ofrece. Él necesita revivir su pasado, pero la vida le niega toda posibilidad: sólo puede rememorarlo, como cuando piensa en Sara, aquella mujer que desapareció, según le cuentan los maliciosos, el mismo día en que él fue ingresado en el hospital, con las manos manchadas de sangre; Sara, cuya vida conocía y vivía junto a ella en su perturbada imaginación a través de los itinerarios que le sugerían los movimientos de su cuenta bancaria, que él rastreaba incansablemente; pero ahora Sara ha desaparecido y no puede encontrar su rastro ni en las páginas de sucesos ni en las esquelas que se afana minuciosamente en desentrañar, por si alguna de ellas contuviera alguna clave que sólo él, en su delirio, pudiese advertir.
Ni siquiera el amor de Ángela, a la que conoció en el hospital, va a poder proporcionarle una vida real que lo libere de los recuerdos de su vida pasada, porque lo que verdaderamente quiere el protagonista es poner en el rostro de Ángela el rostro de otras muchas mujeres, las mujeres de su vida pasada, reales o ficticias, y hacerle los mismos regalos que soñó hacerles a alguna de aquellas mujeres, como aquel que tenía especialmente reservado a Sara, ese baúl que dejó pagado y que nunca retiró de aquella tienda que ya no recuerda, y que ahora tiene que localizar en un dédalo de calles acompañado de Sara, porque él sigue viendo a Sara, paseando con Sara, comiendo con Sara, y cuando localiza la tienda el baúl presenta una fisura que después se irá agrandando y extendiéndose progresivamente a todo su ser, a su propia vida, a la vida de Ángela y a cuanto lo rodea, y que amenaza inevitablemente con engullirlo.
El tiempo del protagonista es el tiempo de los relojes muertos que pueblan la novela. Un tiempo parado que no puede conducirnos a futuro alguno, ni devolvernos al pasado, pero al que esperamos con la vista clavada en unas manecillas que ya jamás se pondrán en marcha para medir unas vidas que nunca volverán a ser nuevas, sino una repetición de aquellas otras que en realidad no hemos abandonado, porque nos tendrán sujetos a ellas de por vida. Los personajes que pueblan la novela de Eva Medina nos asustan y a la vez nos enternecen, porque se aferran con uñas y dientes a aquello que amaron y que su locura no ha podido borrar, o, por mejor decir, no se ha borrado de sus corazones porque su locura los amarra a ese tiempo que ya no miden los relojes averiados de la realidad. Su existencia consiste en una búsqueda de sucedáneos que les permitan seguir disfrutando del tiempo pasado, de ese tiempo detenido en las manecillas del reloj de sus respectivas vidas. Así Herminia, la viejecita huérfana de hijo, que en su bendita locura se inventa hijos a los que adoptar, aunque sea visitando hospitales o a través de fotografías apócrifas, para poder mantener viva la llama del hijo que se fue. O ese viejo varado ante el reloj de pared, que habla con él porque imagina que su mujer muerta habita entre sus engranajes detenidos, esperando que su mujer vuelva a la hora que marcan las manecillas inertes, aunque esa hora ya no llegará jamás. O Gregorio, su amigo del hospital, con el que tantas y tantas veces evocaba a Kundera, a propósito de sus respectivos y desgraciados amores; Gregorio, que en sus delirios etílicos no sabe qué curso ha de dar a su vida, si abrir un bufete o volver a ser funcionario de hacienda, aunque no pueda hacer ninguna de las dos cosas porque ni siquiera pasó por la universidad.
Eva María Medina construye esta prodigiosa novela con una prosa escueta, concisa, sin alharacas ni elucubraciones, que huye de la escritura previsible y de falsas erudiciones, pero que es hasta tal punto eficaz que nos mantiene en vilo durante la lectura de esta novela corta pero no menos apasionante, que demuestra a las claras la enorme capacidad de la autora para sumergirnos en los lóbregos pasadizos de la esquizofrenia y para crear en sólo ciento cincuenta páginas la historia entrecruzada de unos personajes de inabarcable y tumultuosa complejidad. Logro que pedimos a Eva María que repita, a ser posible incansablemente, mientras le resten fuerzas, para depararnos en el futuro la oportunidad de seguir disfrutando —de seguir estremeciéndonos— con sus historias, tan personales, tan infrecuentes, tan literatura en estado puro.


































































































































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